El reloj marca las nueve de la mañana y el clima se presenta medio gris en Luján, como con ganas de llover. Una leve neblina cubre la ciudad, pero el calor humano, la fe y la música comienzan a disiparla. En el aire se mezcla un inconfundible aroma de los sahumados y el esencio que es utilizado para ofrendar el agradecimiento a la virgen. El infaltable papel picado vuela sobre las cabezas, simbolizando la alegría y la bendición en cada paso de una peregrinación que ya alcanza sus 70 años de historia.
Cuentan los mayores que la Virgen de Copacabana, patrona de Bolivia, es una devoción muy venerada en diferentes regiones del Abya Yala (término que utiliza el pueblo indígena Guna para referirse al continente americano, como un símbolo de descolonización). Su origen está fuertemente vinculado al pueblo indígena de los antiguos Aymaras en la localidad de Copacabana, a orillas del lago Titicaca, en el departamento de La Paz. La historia de esta virgen comienza en el siglo XVI. Se dice que aproximadamente en el 1500, los pobladores de Copacabana tuvieron una desafortunada cosecha y buscaron una imagen religiosa para protegerlos y bendecir sus tierras.

Fue entonces cuando Tito Yupanqui, un indígena escultor, esculpió una imagen de la Virgen María, inspirada en la Virgen del Rosario. Al principio su trabajo no fue aceptado por los pobladores, así que tuvo que darse la tarea de hacerle unas modificaciones hasta que finalmente fue llevada a la iglesia de Copacabana, donde la «mamita» se ganó el respeto y devoción de su gente. La Virgen de Copacabana se convirtió en un símbolo de sincretismo que fusiona la devoción por las imágenes eclesiásticas con la fe y la necesidad de protección de los pobladores indígenas, quienes vieron en ella a una protectora de sus tierras y cosechas. Hoy, miles peregrinan para rendirle homenaje.
Pegados al escenario, con un humo que se aprecia en el aire como el de una chimenea, se encuentra cada familia en la imponente Procesión de las Imágenes, con una Plaza Belgrano colmada. Allí conviven santos y advocaciones de diversas geografías. Agrupaciones transportan y veneran a patrones regionales como la Virgen del Rosario (traída idealmente por los devotos de Tarabuco) y al mismísimo Señor de Maica, el protector del municipio de Yotala (Chuquisaca). De este modo, se refleja el orgullo de un pueblo que se niega a olvidar sus raíces.
Mientras avanza una columna interminable de fraternidades por la Avenida Nuestra Señora de Luján, los primeros rayos de sol asoman en el horizonte, justo minutos antes de que comience el tradicional desfile, como si la virgencita de Copacabana estuviera dando la bendición para darle paso a las y los fraternos.

Mientras termina de maquillarse, antes de partir con su columna, Maila tiene un ratito para contar cómo se acercó por primera vez a peregrinar a Luján. Ella es Macha, de la fraternidad Caporales de Escobar, y este es el segundo año que se suma a bailar. «La virgen representa mucho nuestro cariño y nuestra devoción por el baile y la cultura boliviana», explica, mientras termina de acomodar su traje. Es un ritual que se fue transmitiendo de generación a generación, se lo inculcaron sus padres y hoy ella se lo comparte a su hija de ocho años, que también desfila con mucha alegría. Ese sentido de pertenencia y la necesidad de mantener vivas las raíces, es un sentimiento compartido por muchos de los presentes en la plaza.
Juan es bailarín de la fraternidad Real Oruro y residente argentino hace 15 años. Llegó hasta Luján como cada año, para agradecerle a la virgencita de Copacaba y para pedirle por su familia que está en Bolivia. Con un traje bordado a mano, rojo y amarillo, tira sus primeros pasos al compás de los platillos y el bombo: «Este traje representa el cansancio que los esclavos sufrieron por el paso del altiplano a las minas en donde tenían que trabajar. También esa alegría de romper esas cadenas y salir a la libertad», comenta. En un día especial para la comunidad boliviana, Juan relata que peregrinan por «la fe y la devoción» que le han enseñado desde niños; y que es algo que está primero en sus vidas. «Hoy le pedimos a la virgencita que haya paz entre nuestros gobernantes, y salud y trabajo para nuestras familias», agrega.
Las calles aledañas a la Plaza Belgrano pierden por unas horas su fisonomía habitual, para transformarse en un escenario expectante del paso de las fraternidades. Allí, el despliegue de las cholitas y los bailarines acapara todas las miradas, evidenciando meses de preparación y una dedicación absoluta en la confección de cada atuendo: telas de colores, encajes, lentejuelas cosidas a mano y apliques brillantes se robaron la mirada del público, que aplaude cada pasada.

Por Lezica y Torrezuri avanza la columna, con las matracas y las flautas que se hacen sentir entre la multitud. Contra un paredón se apoya Fabián, quien abandona la columna por un momento, se saca la máscara de su disfraz y, empapado en transpiración, comienza a tomar aire a bocanadas. Fabián llegó desde el conurbano bonaerense representando a Yotala, un pequeño pueblito de Sucre, ubicado en el departamento de Chuquisaca, al sur del país. Con su tradicional danza satírica, que nació en la época colonial, representan a los antiguos esclavos africanos y campesinos cansados que caminaban largas distancias arrastrando cadenas.
Ese mismo peso histórico y esa dicotomía entre el sufrimiento del pasado y la alegría de la liberación se refleja en cada detalle de la vestimenta de los peregrinos, quienes preparan sus atuendos durante meses para ofrendarlos en esta jornada. La participación en las fraternidades no es solo una expresión de fe individual, sino un legado familiar. El traspaso de las costumbres a los más jóvenes es un pilar fundamental para la comunidad boliviana radicada en Argentina.
El paso de los años no logra apagar la llama de la fe. Entre la marea de jóvenes y niños que bailan sin cesar, la presencia de los mayores, aquellos que iniciaron este camino hace décadas, aporta una cuota de emoción y respeto inigualable a la jornada. Con un andador, a paso cancino pero constante, aparece entre la multitud Marta Pérez de Calderón, una abuela de 90 años que peregrina desde hace cincuenta años.

Llegó a Argentina desde Sucre, Bolivia, en 1956, mismo año que comenzó la peregrinación a Luján, acompañada de su esposo. Trabajó durante muchos años en las cañas de azúcar de Ingenio Ledesma, en Jujuy, donde construyó su familia y crió a sus seis hijos, todos nacidos en Argentina: «Peregrinamos porque tenemos un señor muy milagroso. Solamente hay que creer. Yo sigo porque no me quiero perder esto, me gusta ver a mis nietos bailando, me emociona mucho… poder venir a agradecerle a la virgen».
Mario Rodríguez llegó a Argentina en 1995 en búsqueda de trabajo y se terminó radicando en la ciudad de La Matanza. Ese mismo año, acompañado de su cuñado y su amigo, vino hasta Luján a rendirle culto a la «mamita», pidiendole conseguir laburo. Hoy, Mario es maquinista de equipo pesado, trabaja en una empresa local y asiste como cada año junto a sus hijos hasta el santuario, quienes también vinieron de Bolivia para trabajar con su padre. «No tengo más que palabras de agradecimiento con esta tierra que nos abrigó», relata, mientras le agradece a una imagen de la Virgen de Copacabana que está en la Plaza Belgrano: «Yo tengo a parte de mi familia en Bolivia y esta fiesta religiosa nos devuelve por un rato a nuestras raíces y nos hace estar más cerca de esos seres queridos».
La caravana se abre paso por la calle San Martín y, a los pies de la basílica, justo donde se encontraba ubicada la imagen de la Virgen de Copacabana, unas cholitas encienden tres vengalas, que forman la bandera de Bolivia. Los colores representativos de la bandera boliviana cargan un peso histórico: el rojo intenso rinde homenaje a la sangre derramada por los héroes caídos en las diferentes batallas; a su lado, el amarillo representando el oro y la histórica riqueza mineral del territorio, mientras que las distintas tonalidades del verde ilustraron la exuberante naturaleza, la fertilidad de sus valles y la inmensidad de las montañas que abrazan al país.

Arrodillada en plena Plaza Belgrano, Paola le reza a la Virgen de Urkupiña, otra de las imágenes más venerada en Bolivia, sobre todo en Cochabamba. Con mucha emoción, luego de terminar el ritual del sahumado, comenta: «Venimos a agradecerle por el trabajo, para pedirle por salud, por la familia y para que nos guie en nuestro camino y no nos suelte la mano. Gracias a ella, el año pasado nos salvó de un accidente. Nosotros salimos ilesos y el auto destrozado, sabemos que ella estaba con nosotros».
Gustavo Díaz viene desde José Mármol una vez más a Luján, como desde hace 27 años. Es argentino, hijo de bolivianos y se gana la vida como camionero. Con un pequeño altar que instaló en la Plaza Belgrano, rinde culto a la Virgen de Copacabana que viajó desde Bolivia junto a su familia. «Argentina es el mejor país del mundo, a mis viejos los recibieron muy bien», recuerda. Hoy, Gustavo resalta la importancia de seguir pasando esta tradición de generación en generación: «Nos sentimos muy apoyados por Argentina, nos respetan mucho nuestras tradiciones y nosotros tenemos la obligación de seguir transmitiendo esto a nuestros hijos».

El desfile de las fraternidades se vive en las calles y, en las veredas, la comunidad de Luján acompaña con mucha alegría y respeto la unión de pueblos hermanos. Mientras tanto, al paso de los peregrinos, muchos aprovecharon para hacer videollamada con sus seres queridos que viven en Bolivia y hacerlos partícipes de esta fiesta sin precedentes.
Ester Carpio García es fundadora de la Morenada Real Oruro, una de las comunidades más antiguas que participa del tradicional desfile en la peregrinación a la virgen de Copacabana. Arribó a Argentina hace 45 años con sus hijos pequeños, en búsqueda de trabajo y una mejor educación. «Hoy mis hijos son profesionales, gracias a esta educación argentina», comenta. Si bien hace tiempo que están instalados en nuestro país, nunca perdió el amor por sus raíces y su fe por la virgen de Copacabana: «Peregrinamos por devoción. Pedimos por la salud, por el trabajo, por la vida, porque eso es lo que nos da fuerza. A esto lo llevamos en el alma, nosotros bailamos desde niños y vamos a seguir bailando por la mamita de Copacabana y la mamita de Luján».


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