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Las cartas de un “tal González” parte 6

cartas que llegan a nuestra radio firmadas por “un tal González” leídas a diario en AQUÍ RADIOATOMIKA – CONTINGENCIA BROADCASTING, lunes a viernes 12 a 14hs///

  • De Dege González,

    Flores para Vivi

    Primero la rosa

    Siempre se empieza por la rosa” me dijo la gitana cuando yo cruzaba la plaza ensimismado en la lectura. Y me retuvo por el brazo y me lo repitió. “Siempre se empieza por la rosa”. Me miró fijo en los ojos. Tenía la piel apergaminada y amarillenta, un olor fuerte que asocié con el ajo, no sé por qué. No me desprendí de su brazo y cerré el libro. La plaza estaba cruzada por un viento fuerte que levantaba tierra por lo que tuve que pestañear dos o tres veces. La mujer insistió: “vas a llevarle estas rosas a Viviana”. Vi que tenía un canasto lleno de flores. Más que gitana parecía la bruja de la Blancanieves ofreciéndome una manzana. Después de soltarme, al notar que no me iba de su lado, escogió tres rosas casi al azar, y las sostuvo en su mano. “Serán estas” insistió, como si su elección azarosa hubiera sido largamente meditada. “Esta porque es blanca, lo blanco representa la pureza. Blancas también son las nubes cuando no presagian tormenta. Pero de entre todas las rosas blancas que tengo elegí esta porque su tallo no tiene espinas, y no puede lastimarte”. Yo estaba mudo, no podía articular sonido, aunque no creo que a la gitana le interesara oírme hablar. Vi que en su canasto había, efectivamente otras rosas blancas cuyos tallos sí tenían espinas y observé la piel curtida de la mujer y las marcas y los puntos rojos en sus manos. Ella lidiaba con las rosas, las deshojaba, las abría, se peleaba con ellas y me las ofrecía, quién sabe por qué. La segunda rosa era un pimpollo verde, con su punta amarilla. Era como una boca cerrada. Las gitanas nos envuelven siempre en profecías. Yo puse cara de ingenuo y le sonreí. “Esta rosa te la doy porque representa el futuro. Cuando se abra, ya verás lo que sucede con ella”. Puso las dos rosas en mi mano. Retuvo la tercera, que era roja. Ya imaginaba yo lo que diría de ella. Que representaba el fuego, la sangre, la pasión, pero también el peligro, el dolor y, quién sabe, acaso la muerte. Pero no dijo nada de esto. Depositó la rosa en mi mano con furia, como descubriendo mi perspicacia. “Yo sé que no me creés”. Y sin soltar la rosa que me daba, apretó mi mano con fuerza hasta que las espinas se clavaron alternativamente en mi mano y en la de ella. Un puntito rojo me brotó de la palma, de la de ella, nada. Sonrió. Y repitió: “estas flores son un regalo para Viviana”. Yo metí mi mano en el bolsillo para pagarle, pero ella se negó a recibir nada agitando los brazos. “Podés irte” me dijo y la obedecí. Abrí el libro, metí las rosas dentro y crucé la plaza. El viento arreciaba y daba vueltas arremolinado. A los pocos pasos me di vuelta y vi que la gitana ya se había prendido del brazo de otro desconocido. Y pensé “parece lógico que se empiece siempre por las rosas”.

  • Dos gardenias

  • Desde el 2024 nieva todos los inviernos en Buenos Aires. Recuerdo el año con precisión del mismo modo que aquel 9 de Julio del 2007 cuando la nieve era toda una extrañeza en la ciudad. Algo que sucedía de a una vez por siglo. Pero desde aquellos 14 y 15 de julio del 2024, la nieve se transformó en algo habitual para todos nosotros. Ya no se la recibía como algo mágico, como algo reservado para ocasiones demasiado extraordinarias. La nieve había pasado a formar parte de la ciudad como una visitante a la que ya se recibe asiduamente. Año tras año, las dos segundas semanas de julio y (a veces o) la primera semana de agosto, todos nos preparábamos para recibir la nieve. Yo usaba mi campera rompevientos y Vivi se ponía dos millones de pulóveres que aumentaban su peso y su volumen en un cincuenta por ciento. De hecho cuando íbamos a las reuniones (ya no había casas que no tuvieran aire acondicionado, ni siquiera en sectores desprovistos de techo) y Vivi se quitaba la ropa de invierno, era como quitar las capas de una cebolla, parecía que terminaría desapareciendo. Habíamos incorporado a la nieve, ya no era parte de nuestras charlas. Del mismo modo habíamos incorporado los más de cuarenta grados que debíamos soportar en enero, cuando las vacaciones nos encontraban en la ciudad. Las temperaturas se habían extremado por el efecto invernadero, decían los meteorólogos. Inviernos y veranos más crudos. Vivi esperaba con ansias el verano, yo, el invierno. Le recordaba que siempre dije que Buenos Aires sería la ciudad perfecta si nevara. Tenía sus complicaciones, claro, quitar la nieve del auto era un problema. Todavía eran una novedad los autos que calentaban su exterior para derretirla. En fin. Estábamos en la primera semana de la nieve. Yo caminaba por las veredas calefaccionadas enfundado en mi campera, mi gorra y el calentador de cuello. Las florerías antiguas era un color que todavía conservaba la ciudad. Vivi siempre me decía que yo nunca le compraba flores, lo cual era cierto, pero ella tampoco me las compraba a mí, así que estábamos a mano. Sin embargo aquel cartel que decía “gardenias especiales” me llamó la atención y me acerqué a la florista para preguntarle qué podían tener de especiales unas gardenias más que dar nombre a un bolero clásico. Cuando la florista me dijo en qué consistía tal especialidad, la miré incrédulo. La muchacha hizo aparecer una jarra de plástico larga y fina, que seguramente debía tener preparada para las demostraciones, y me dijo que viera. De inmediato recordé una historia que Vivi me había contado de su infancia, que no tenía nada que ver con flores. Le dije a la florista que me llevaba esa flor. Era blanca, de tallo largo, y pétalos algo puntiagudos y parecía un poco artificial, como si fuera de plástico. La florista me dijo que debía llevar dos, si era para una mujer, claro. Una gardenia para representarla a ella y la otra para representarme a mí. Recordé la letra del bolero clásico que cantaba Ibrahim Ferrer, y acepté el desafío. Dos flores. El precio me pareció exagerado. Saqué mi móvil del bolsillo, me quité los guantes y le transferí el dinero con el poder que me da mi huella dactilar. La florista hizo otro tanto para recibirlo y cerramos trato. Envolvió las flores con cuidado en un papel celofán y les hizo un coqueto moño con un lazo rosado. Caminé las pocas cuadras que me separaban de casa, llevando las flores con cuidado entre mis manos enguantadas que eran algo torpes. Hasta caminé más lento. Y cuando estuve en la puerta de mi casa ni quise sacar la llave magnética del bolsillo, sino que toqué el timbre. La cara de Viviana asomó en el visor y retándome me preguntó qué había hecho con la llave. Le contesté que nada, que tenía las manos ocupadas. Suspiró con fuerza y me dijo que esperara. “Ya voy”. Esperé unos instantes en donde la calefacción de la vereda me cuidaba de la temperatura invernal que rozaba los diez grados bajo cero, sin superar los cinco desde hacía días. Vivi abrió la puerta. Yo había tomado la precaución de esconder las flores detrás de mi espalda. Y con una reverencia, o más bien como si fuera un truco de magia, hice aparecer las flores delante de su cara. “Flores para usted”. Ella las miró contenta y sorprendida, en un primer momento, pero luego me dijo, con algo de desilusión: “son de plástico”. Le dije que no, que las oliera. “Hay flores de plástico que tienen olor”. “Pero éstas no”. “Bueno, gracias” y se colgó de mi cuello para besarme. Pasamos al living. Se puso a buscar algo que pudiéramos usar como florero. Ella todavía miraba las flores con recelo, con algo de desconfianza. Yo fui a la cocina y tomé una jarra de vidrio más larga que las flores. La llené con agua y me dirigí al living. Vivi había puesto las dos flores sobre la mesa, ya sin su envoltorio de celofán. Ahí esperaban la llegada del florero. Le dije que más que florero necesitábamos una pecera. Me miró incrédula. Yo puse la jarra sobre la mesa, unas dos sillas junto a ella y apagué la luz. “Sentate” le dije a Vivi. “Vos me contaste que lo único que no te regaló tu mamá fue una muñeca que tenía un vestido que cambiaba de color, ¿no? Mirá”. Con cuidado, como vi hacer a la florista, tomé cada una de las flores por el tallo las sumergí en el agua, como quien dice, cabeza abajo. De inmediato el color blanco de los pétalos pareció encenderse, como si tuviera una luz fluorescente. Pronto el color fue amarillo, y después rojo, naranja, verde, lila, azul, hasta volver a ser blanco. No le pregunté a la florista por qué cambiaba de color, si era por el clima como las virgencitas del tiempo. Y por qué esos colores y no otros, acaso fuera la temperatura del agua. No lo sé. Cuando prendí la luz vi que Viviana lloraba emocionada.

  • (Tres) Flores verdes

  • Viviana estaba obsesionada con el estreno de su obra. Nos veíamos poco y nada. Ella iba de un lado a otro, ensayando y ensayando. En la semana, apenas habíamos almorzado juntos el lunes y dormido juntos domingo y martes. Y eso que vivíamos en la misma casa, sólo que ella se quedaba a dormir en el estudio. La noche del jueves me invitó a ver el ensayo general. La obra constaba de dos partes: en la primera, ella y otras dos bailarinas se movían por un escenario en penumbras jugando con las luces de unas pequeñas linternas led. A veces corrían, a veces se detenían. Se buscaban la una a la otra por momentos y por otros se escapaban por las diagonales del escenario. Todo esto se escuchaba más que se veía pero había tres redondeles lumínicos sostenidos en el aire que parecían tener vida propia, a veces nos enfocaban un cuerpo, o simplemente el pelo, un brazo, un muslo, el abdomen, un omóplato, lo que fuera. La música era de piano solo: se mezclaban en un track varias canciones de Radiohead tocadas por un pianista inglés. Apenas se notaban las melodías o se reconocían las frases, era más bien como un collage. El intemezzo me correspondía a mí. En un piano vertical que estaba al costado del escenario yo debía interpretar el “Claire de lune” de Debussy y dos tangos que yo quisiera (había elegido “Sueño querido” y “Senda florida”). Mientras yo tocaba, ellas preparaban la escena de la segunda parte con cañas y telas de color beige. La música de esta parte era más percusiva: se trataba de unas grabaciones de grupos africanos haciendo música religiosa con tambores y cantos guturales. En esta parte había cinco bailarinas y dos bailarines, cada uno de ellos provisto de dos cañas que golpeaban en el piso acompañando el ritmo de la música. Una de las chicas terminaba la obra desnuda lo mismo que uno de los varones. Ellos se buscaban todo el tiempo mientras que el resto del grupo trataba de apartarlos. Lo que dejaba verse era la historia de dos amantes separados por su cuna que al final se quitaban la vida. Vivi no bailaba aquí, pero ella había hecho la coreografía y era la co-directora del grupo. Nos habían anunciado que se haría la presentación a sala llena. Yo nunca le había comprado flores a Viviana y había decidido comprarle un ramo como regalo por el estreno. En lo que me había emperrado era en que tenían que ser flores verdes. No sabría explicar bien por qué, pero quería que fuera algo exótico. Ya que nunca le había regalado flores no iba a empezar por rosas, orquídeas, claveles o tulipanes. Flores verdes, eso era lo que quería y que no fuera marihuana, claro. Decidí ir al mercado. Lo recorrí de punta a punta pero no encontré ninguna de color verde. Uno que atendía un puesto que se caía a pedazos me dijo que se trataba de una variedad de rosas muy especial que era difícil de encontrar en esta época del año. Yo no tenía idea de lo que me hablaba, pero me sonaba a cuento para cobrarme más caro. Le dije que las necesitaba sí o sí antes del sábado. Me dijo que tenía suerte y me pidió que lo acompañase. El mercado de flores es sinuoso, los puestos no siguen un orden así que los pasillos se estrechan sin aviso, o se desvían o se curvan. Nuestro caminar parecía más bien un baile. Me hizo pasar por debajo de una escalera y entrar por una pequeña puerta de madera que había en una de las paredes del fondo. Era un depósito. Me indicó que lo siguiera, y se detuvo frente a un balde lleno de flores verdes. No parecían nada especiales. Una variedad de varias cruzas de rosas, me explicaba. Sí, una azul y una amarilla, pensaba yo. Requieren un cuidado especial, tanto de luz, tanto de agua. Y tengo que venderle el florero, agregó, que es de un cristal esmerilado opaco. Estaba un poco desilusionado, pero quería flores verdes y ahí las tenía. El tipo seguía jactándose de ser el único lugar donde podía encontrarlas. Como veía venir un sablazo de proporciones bíblicas, le pedí sólo tres cuando en realidad pensaba comprar doce. Me cobró una fortuna. Hizo un delicado paquetito con una tarjeta en la que escribió con letra coqueta “Flores verdes para Vivi”. Yo volví a casa con el pequeño ramo de flores. Vivi estaba durmiendo. Confiado en que no entrara al estudio hasta el sábado, dejé el ramo y el florero allí. Era un problema, encontrar determinada cantidad de luz, de agua, una ubicación que no las delatase antes de tiempo y cerrar con llave una habitación que nunca se cerraba. Y mantener la pantomima dos días enteros. Pero por suerte Vivi estaba obsesionada con el estreno y apenas prestaba atención a otra cosa. Igualmente me pasaba largo rato en el estudio tratando de convencerme de que era el mejor regalo posible. No quise entregarle las flores en el teatro, lo encontraba muy cursi. Así que en cuanto terminó la función, volvimos a casa pronto, porque le dije que me sentía mal y que no quería ir a comer con el grupo. Al entrar le revelé que me sentía bien, que tenía una sorpresa preparada para ella. Abrí la puerta del estudio a oscuras y, con una de las linternas que había usado Vivi en la obra, iluminé la mesa, el florero opaco de cristal esmerilado y las tres flores verdes abrazadas dentro. Me sonrió y me dio un beso. Creo que esperaba otro tipo de sorpresa. Nunca me habías comprado flores, me dijo. Siempre hay una primera vez. Me preguntó que por qué verdes, yo me encogí de hombros. Apagué la luz del estudio y nos fuimos a dormir. Me desperté de noche. Noté que Vivi no estaba. Esperé un rato, pero como vi que no volvía, recorrí la casa buscándola. La encontré sentada frente a la mesa en el estudio mirando hipnotizada las flores que parecían brillar con luz propia. Me acerqué en silencio, busqué una silla y me senté a su lado. Ni siquiera se dio la vuelta para mirarme, pero ni bien me senté me apoyó la palma de la mano en el muslo y suspiró. Nos quedamos en silencio horas y horas. De pronto nos dimos cuenta de que se había hecho de día.

  • De un tal Fede Dinamita González,
  • PERFUME DE AZAHARES
  • La luz del sol me sorprendió mirando entre los árboles, me encegueció por un instante y apenas pude cubrirme de su resplandor cuando me descubrí de pie sobre una especie de alfombra de césped dorado, a mis espaldas el contorno de una ciudad de mezquitas, torres, puentes y edificios construidos en piedra, enrojecía con el ultimo fuego del atardecer, el aire susurraba un vago perfume de azahares que yo recordaba de algún tiempo lejano.
  • En un claro cercano al bosque donde me encontraba, jugaban al rango, unos niños de aspecto familiar – catorce la perdí, quince la encontré,- reían, cantando una melodía inventada. La hierba debajo de ellos cambiaba de color, roja, azul, plata, amarilla o naranja según la tocara la luz.

  • Había en toda la imagen un dejo de perfección, una sensación de invulnerabilidad entre el césped, los árboles, el cielo, el sol, los niños y el aire con aroma de azahares, aunque ahora el suelo estuviera cubierto de sangre, la ciudad a mis espaldas no fuera de piedra y la luz que me encegueciera no fuera la del sol…

  • La bala que me perforó la cabeza, dejó mi cuerpo tendido en el suelo de una estación de tren en algún barrio suburbano, la noche era profunda, el aire olía a alcohol y pólvora y las voces no eran de niños, sino tal vez de algunas de las persona que alcanzaba a pasar por ahí, justo en el momento de mi muerte.

  • Paralelismo.

  • Cristianismo, kirchnerismo, islamismo, fascismo, oscurantismo, cholulismo, liberalismo, idealismo, peronismo, materialismo, anarquismo, totalitarismo, optimismo, marxismo, hinduismo, chauvinismo, barcelonismo, hirigoyenismo, menemismo (mal rayo lo parta) neoliberalismo, tecnicismo, desarrollismo, macarthismo, judaísmo, dadaísmo, impresionismo, confucianismo, taoísmo, expresionismo, renacentismo, radicalismo, cartesianismo, existencialismo, altruismo, agnosticismo y massismo (¿Existe tal cosa?)
  • Keynesianismo, realismo, consumismo, nepotismo, socialismo, comunismo, madridismo capitalismo, pesimismo, mecanismo, periodismo, me da lo mismo.

  • Todo me da lo mismo, si tú estas aquí, si ustedes están ahí.

  • Cuidémonos de los ismos y como cantó Charly alguna vez:

  • -No te dejes desanimar, no te dejes matar, quedan tantas mañanas por andar-…

  • Los zapos

  • En el sopor de la siesta cruceña, Mario da vueltas en la cama, duerme sin dormir en una vigilia borrosa, segundo a segundo lo que debía ser descanso se transforma, una vez mas, en castigo.
  • El mismo sueño lo acecha, cincuenta años pasaron ya y sin embargo cuando parece que ya no volverán, Mario escucha un leve susurro lejano, unas palabras por el momento ininteligibles, aunque para nada extrañas, el mismo se ha encargado de asegurar que nunca han sido dichas, pero de tanto repetirlas ahí están, una vez más.

  • En el letargo del sueño y el calor bochornoso de la habitación, Mario siente como si los siete anillos se cerraran sobre su cabeza y en el sueño aparecen el rostro y la figura de Gary, cruzan algunas palabras y Mario conjetura, con certeza, que Gary también esta soñando, alguno de los dos es intruso en el sueño del otro, pero no importa, el mismo piso de tierra y las paredes de adobe de la odiada escuelita le advierten que debe intentar huir, las palabra suenan ahora un poco mas claras, mas cercanas.

  • Hay tres Marios, no soy yo, no fui yo, grita Mario en el sueño y tal vez también en la realidad de su siesta y sale corriendo de dentro de la vieja escuelita destartalada, en su apuro no puede evitar poner los dos pies en el charco de sangre que se expande por el suelo, resbala con uno de los casquillos de bala que flotan en el charco, se aferra con fuerza al improvisado marco de la puerta, las uñas se clavan en el adobe, reconoce que uno de esos casquillos provino del arma que lleva ahora colgada del hombro, se incorpora y consigue salir de la maldita escuela que tanto odia.

  • Inmediatamente se encuentra frente a sus ojos con un suntuoso reloj plateado, Rolex Oyster Perpeutal, Gary es quien sostiene el reloj pulsera mostrándole a Mario el dorso donde, casi sobre el nombre del fabricante, aparece una cruz toscamente tallada, tal vez a cuchillo.

  • Usted ha venido a matarme, escucha claramente Mario, de repente ya no están ni Gary ni el reloj, ahora unos ojos de obsidiana lo escrutan profundamente, Mario enfoca la vista en el suelo, a los lados, una, dos, tres veces y los ojos no dejan de mirarlo.

  • Hubo tres Marios ¡¡ grita Mario y antes de echarse a correr la mirada profunda de ojos negros deposita en sus manos una pipa de madera.

  • Las palabras suenan ahora tan claramente que Mario entiende absurdo seguir corriendo, Gary, desde una silla de ruedas, ordena -No te metas en este baile carajo-, Mario no puede controlar el temblor del cuerpo ni el sudor que lo empapa, no obstante el terror se disipa dando lugar a una macerada resignación que se transforma en llanto.

  • Mientras intenta encender la pipa, Mario sabe ya que esta dentro de su sueño de siempre y que se encuentra en la habitación de su casa en Santa Cruz de la Sierra, no obstante percibe a su lado la negra y profunda mirada de siempre y la voz firme del comandante que le ordena

  • -Serénese, usted va a matar a un hombre-

  • De una tal Yuyito González
  • No le va a decir que le tiemblan las manos de miedo, o de ansiedad. De algún sentimiento que no corresponde, eso seguro.
  • El encendedor vibraba delator entre el fuego y el cigarrillo.
  • Necesito pasar al baño
  • Desde el colegio que la excusa fue siempre la misma. Baño y tabaco. Baño y mentiras. Baño y a esconderse. Baño refugio. Baño pegado a tu habitación, donde late la cama que ya no me llama.
  • Con eso es suficiente, dijo. Y se fue por la misma ventana por donde había llegado.

 

  • De un tal González:
  • Los números
  • Ta linda esta cuestión , ya se había arrojado un 60 % . Lo q tienen estos ensayos de periodistas, es q al fin y al cabo se atreven a abordar tanto la biología como la matemática con exquisita irresponsabilidad, ademas de usar la palabra indígena de manera ignorante, por q el ADN ya nos contó de los orígenes, de los primeros americanos.
  • En cuanto a lo matemático es lo mas gracioso !!! : 44 % Euro, 56% Mezcla, (10% del 56% puro original por lo q 5,6 % del total puro orig.) entonces los números qedan : 5,6% Puro Orig., 44% Euro , pero claramente 5,6% es menor a 44% , por lo cual también sera menor su responsabilidad en los desastres q se hicieron en este país q claramente son muchos mas q los aciertos. Y por ultimo el 50,4%, o sea la mayoría del país no son ni europeos ni originarios si todo lo contrario !! son los maravillosos impuros, los mejorados !!!

 

 

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